Mesón Casa Andrésest. 1958 · Trujillo

Tres generaciones

Una misma mesa
desde 1958.

Andrés Hernández volvió del servicio militar en el otoño del 58. Tenía veintiún años, una novia esperando y la idea de no volver al campo. En la Plaza Mayor de Trujillo había un local pequeño con la puerta de madera carcomida y una chimenea grande. Le pidió tres mil pesetas al cura del pueblo y abrió en diciembre.

Al principio servía solo de día: migas con torreznos, gazpacho en verano, alguna caldereta los domingos. La gente venía porque sabía a comida de casa. María, su mujer, se ocupaba de los postres —el flan que aún hacemos sale de su cuaderno, igualito— y de mantener a Andrés a raya cuando se le iba la mano con el ajo.

Cocina del mesón con cazos colgados

En los setenta el local creció. Se compraron las dos casas de al lado y se tiró tabique. Apareció el comedor de las vigas que todavía se ve hoy. Andrés hijo entró en cocina con catorce años, a pelar patatas. Aprendió a cortar jamón con su padre, a la antigua, sin posavasos, en silencio.

Aquí no inventamos nada, solo cuidamos lo que ya estaba bien hecho.
— Andrés Hernández, fundador (1937–2008)

Desde 2014 lo llevamos los nietos. Hemos cambiado pocas cosas: digitalizamos las reservas, abrimos un Instagram, mejoramos las cámaras. Lo demás sigue igual. La carta es la misma de hace veinte años con dos guiños de temporada. Las recetas las leemos del cuaderno verde de la abuela María, que está enmarcado en cocina, por si alguien duda.

Brasa de encina con leña ardiendo

Lo más importante no son los platos: es la gente que entra y sale. Las mesas largas con tres generaciones de la misma familia. Los jubilados de los lunes (cuando abrimos en alguna fiesta), las cuadrillas de los sábados, el cura don Eduardo que viene a comer todos los miércoles desde 1991.

Si vienes una vez y te gusta, vuelves. Eso es todo lo que pedimos.

— Familia Hernández